
Hoy me van a dejar que me sincere un poquito con vosotros, y que os cuente, como fue mi primera experiencia detrás de una barra, tendría poco más de diez añitos, y es que pa estas labores, siempre he sido una mijita precoz...
Nos tenemos que remontar a los primeros años de la década de los 90, no se exactamente que año fue, si el 94 o el 95, porque la memoría en algunas ocasiones no da pa más, pero de todo lo que me pasó esa mañana de verano, me acuerdo perfectamente.
Mi abuelo por aquel entonces era dueño de un despacho de vinos, tenía una bodeguita, y anualmente tras la vendimia, elaboraba mosto del puramente artesano, ademas de eso, disponía tambien de manzanilla, amontillao, y por supuesto vinagre, todo ello claro está, colocaito en sus respectivos bocoyes que se enfilaban a lo largo de un estrecho pasadizo que conectaba con el patio de su casa, por lo que el trabajo lo tenía muy pero que muy a la mano.
Resulta que esa mañana, mi madre me dejó en aquella enorme casa mientras hacia unos recados con mi abuela, y yo, al encontrarme allí aburrido al no tener na con que jugar, bajé al bar para pedirle a mi abuelo unas chapas para pasar el ratito racheándolas por todo el largo pasillo que unía el salón con el baño.
El me dió unas poquitas, y de paso me dijo:
-Mira niño, quédate aquí cinco minutitos, que voy a salir un momento, toma la tiza, y si despachas algo, lo apuntas en la barra.
Obediente de mi cogí la tiza, y mientras esperaba que llegara esa primera comanda que atender, me puse a ojear los nombres que figuraban el antiguo mostráo de madera por el que apenas sobresalía mi cabeza, Zapatilla, Caballo Loco, Bejine, Labio, Pompilio, Islas Baleares, Morgan...Vaya ejemplares que estaban hechos esos tertulianos de taberna, casi na, de verdá que eran pa verlos.
Mientras seguía con mi mirada los nombres del mostraó, me topé con un mote, que me chocó un poquitín, el Trapo, por aquel entonces, yo no tenía muchas luces, pero a pesar de eso, ese apodo me parecia algo humillante, no me parecía justo que se le diera esa categoría a una persona, y que méritos habia podido hacer para que se le otorgara dicho galardón.
Entre tanto, esos cinco minutos se fueron dilatando hasta llegar a la media hora, despues de ese rato atendiendo parroquianos, más o menos me comenzaba a desenvolver en las labores de tasquero. En ese mismo momento, aparecieron dos señores por la puerta envueltos en un jaleo que no era normal, uno de ellos, ciego, portaba un bastón, el otro se agarraba a su brazo como podía, y hacia las veces de lazarillo.
-Trapo, ten cuidao y avísame del escalón pa entrar, que no me quiero jartá de marmol, dijo el ciego dando un grito justo antes de entrar en la tasca.
Cuando escuché eso, se me abrieron los ojos, allí estaba ese hombre, con toda su buena voluntad, ayudando a caminar por el barrio a aquel anciano vendedor de cupones, que namás subir el escalón de entrada, volvió a gritar a viva voz:
-Trapo, que me estoy meando, llévame a la puerta del servicio.
Muy despacito se acercaron a la puerta del servicio, le abrió la puerta, y cuando el ciego por fín entró, se escucho a su guía decir entre el enorme silencio que se apoderó del bar en ese instante:
-Cucha ¿Te enciendo la lu?
Imagínense hasta donde resonaban las carcajadas de todos los presentes, a mi la verdá es que me dolía la boca de la de reir que me pegué en ese momento.
Como pa no acordarme de esa primera vez.